Sentido e información en la comunicación intrafamiliar
← Todas las noticias
Noticia

Sentido e información en la comunicación intrafamiliar

Ana Rosa Lorenzo y Fabrizio Zotta - Facultad de Periodismo y Comunicación Universidad Fasta

Introducción La comunicación intrafamiliar es uno de los desafíos más urgentes de nuestra época. Nunca antes las familias habían tenido tantas herramientas para comunicarse —mensajes instantáneos, redes, pantallas— y, sin embargo, nunca antes habían estado tan amenazadas por la desconexión emocional. En este contexto, la pregunta clave es: ¿cómo sostener vínculos de sentido en un entorno saturado de información, inmediatez y sobreexposición tecnológica? Como primer abordaje a esta cuestión multidimensional, es pertinente recordar el concepto de mediación. La información no se distribuye de manera lineal, no es simplemente una mercancía que se le traslada al otro, sino que, en el proceso de informar, en el proceso de comunicar, hay un intercambio no solamente de información sino también de sentidos y percepciones, hasta de emociones y sensibilidades, que exceden la mirada ingenua de la información como contenido. En el ámbito de la comunicación intrafamiliar, esto se vincula directamente con la intención de brindar a nuestros hijos más información para evitar que cometan lo que consideramos errores, en el uso del teléfono o de la tecnología en general, por citar dos ejemplos frecuentes. Sin embargo, en la mayoría de los casos, ellos ya poseen esa información e incluso la manejan con mayor pericia que nosotros. El desafío que tenemos como padres es, entonces, desarrollar una intersubjetividad que de alguna manera le dé un sentido a esa información o que acerque universos que parecen muy lejanos, porque estamos frente a dos mundos culturales que no solo son distintos, sino que tienen ritmos y lenguajes diferentes. Esa percepción de lejanía es consecuencia de la velocidad de la tecnología o del escaso tiempo que tenemos los padres para sentarnos a hablar con nuestros hijos, porque a veces prejuzgamos que no tienen la atención suficiente o el interés. Entonces, todo se hace rápido, corto y directo, lo que conspira con la posibilidad de lograr una genuina mediación entre la información que ellos tienen y algunas ideas que nosotros queremos trasladarles desde la experiencia o la perspectiva de la adultez. Sobrainformación y vínculos frágiles La sobreinformación es quizás uno de los puntos más relevantes: hay una paradoja entre el acceso a la información —porque todos estamos hiperconectados— y la gran desconexión entre nosotros. Como sostiene Bauman, vivimos una modernidad líquida en la que los vínculos son cada vez más frágiles, veloces y precarios. Según la noción de McLuhan, un medio no solo transmite contenidos, sino que también configura un lenguaje específico. En el contexto actual de múltiples dispositivos, los medios se convierten en herramientas para generar vínculos. En este marco, la familia —y en particular los padres como primer nexo con sus hijos— cumple un rol fundamental en el acompañamiento de la mediación cultural, favoreciendo tanto la construcción de sentidos como la creación de un lenguaje compartido. La mediación como construcción de sentido La mediación, en términos de conversación y de construcción compartida de sentidos, es un proceso continuo. No empieza y termina en momentos determinados. Se asienta en la posibilidad de articular un relato: no como una historia ficticia, sino como la posibilidad de generar, de manera intersubjetiva, un resultado de comunicación que permita encuadrar un enfoque compartido. Lo relevante es comprender que no todo se reduce a conversaciones profundas, instructivas o formativas vinculadas a reglas, normas y límites. También resultan valiosas las charlas triviales, aquellas en las que hay espacio para la risa y la espontaneidad. La profundidad y la ligereza no son opuestas: conviven y se complementan. Algo similar ocurre con los chats en el teléfono, donde las interacciones efímeras, los emojis, stickers y mensajes superficiales conviven naturalmente con conversaciones más extensas y significativas. Si limitamos la comunicación a la prohibición, será difícil sostenerla en el tiempo. Y si, por el contrario, dejamos todo librado a la espontaneidad sin acompañamiento, aparecerán tensiones que derivarán en conflicto. Por eso, lo prioritario es construir un universo compartido: una comunidad de sentido que permita orientarse como familia. El desafío de la tecnología en la vida familiar El caso más evidente es el uso de la tecnología. En muchos casos, los padres han buscado proteger a sus hijos del mundo exterior, restringiendo su circulación y favoreciendo su permanencia en entornos digitales, sin advertir los riesgos que esto también implica. Estos riesgos no solo incluyen problemáticas como el bullying, el anonimato, el acoso, el ghosteo o el sexting, sino también transformaciones en la capacidad de atención, comprensión y construcción de vínculos. Como señalaba el Papa Francisco, es necesario “hablar con el corazón”. Este es el sentido profundo de priorizar la mediación por sobre la mera transmisión de información. La comunicación no debe ser moralizante, sino un espacio de encuentro, donde se habilite el diálogo y la construcción conjunta. Un ejemplo cotidiano lo ilustra claramente: cuando un niño se asusta por un ruido fuerte, el adulto interviene dando sentido a esa experiencia. Ese acto simple es mediación cultural: traducir la realidad en significado. El condicionante generacional y el lenguaje compartido En la relación entre padres e hijos aparece un condicionante lingüístico que refleja la distancia generacional. Frases como “vos no entendés” evidencian esa brecha. Sin embargo, más allá de esta distancia, es necesario construir puntos de encuentro: un lenguaje compartido, categorías comunes, interpretaciones que permitan habitar un mismo universo, aunque no sea idéntico. Esto se construye en el diálogo, en la presencia, en la mirada cara a cara. Implica incorporar no solo lo verbal, sino también lo no verbal: silencios, gestos, humor, complicidad. También requiere diferenciar entre profundidad y continuidad. La comunicación no debe aparecer solo en momentos de conflicto. Es necesario generar micro momentos cotidianos de conexión que fortalezcan el vínculo. El valor del tiempo compartido Pequeñas acciones cotidianas pueden generar grandes oportunidades de conexión. Interesarse por lo que el hijo hace, compartir una actividad, comentar una película, habilitar espacios de conversación espontánea. Estos momentos construyen una “comunión discursiva”: un espacio compartido donde se generan códigos, referencias y sentido común. En contraposición, la comunicación fragmentada, apurada y multitarea debilita el vínculo. Un simple momento de atención plena puede transformarse en una oportunidad significativa de encuentro. Comprender sin necesidad de coincidir Desde la semiótica se sostiene que no es necesario comprender completamente para generar sentido. En la relación con los hijos, esto implica no negar lo que viven, aunque no se comparta. Es fundamental validar su experiencia, no minimizarla. Lo emocional tiene un impacto mucho mayor que lo meramente informacional. Los recuerdos y aprendizajes se anclan en lo vivido, no solo en lo aprendido. El lugar del aburrimiento Hoy se observa una fuerte aversión al aburrimiento. Sin embargo, el aburrimiento es clave para el desarrollo de la creatividad. La lógica de la inmediatez y la gratificación instantánea limita los procesos de reflexión e innovación. Permanecer en la espera, sostener la incertidumbre, es condición para el aprendizaje profundo. El aburrimiento no es un problema, sino una oportunidad: una incubadora de creatividad y resiliencia. Conclusión: hacia una comunidad de sentido No debemos temer al diagnóstico: es posible que no conozcamos gran parte del universo de nuestros hijos. Pero esto no es una amenaza, sino una oportunidad para acercarnos sin prejuicios. Hoy comunicar no es transmitir información, sino construir comunidad de sentido. La familia, como señala Martín-Barbero, es un espacio privilegiado de mediación cultural. En ella conviven distintos universos, pero también múltiples posibilidades de encuentro. La clave está en generar espacios compartidos, aunque sean parciales. Comunicar en la familia hoy implica crear rituales, habilitar el silencio, recuperar el tiempo de atención plena y sostener vínculos significativos. Porque, aunque vivimos hiperconectados, la verdadera fortaleza de los lazos familiares sigue naciendo del encuentro humano, del relato compartido y de la mirada que reconoce al otro como parte de un mismo “nosotros”. Referencias bibliográficas Bauman, Z. (2003). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica. Eco, U. (1976). Tratado de semiótica general. Lumen. Francisco. (2013). Homilía en la Jornada de la Familia. Vaticano. Martín-Barbero, J. (1987). De los medios a las mediaciones. Gustavo Gili. McLuhan, M. (1996). Comprender los medios de comunicación. Paidós. Saussure, F. de (1995). Curso de lingüística general. Alianza. Siegel, D. J., & Bryson, T. P. (2011). El cerebro del niño.
← Ver todas las noticiasInscribirme gratis